Como La Sombra Que Se Va?

Como la sombra que se va… ¿Por qué ese título?

En principio y durante gran parte de su gestación, el libro iba a titularse El pasajero de Lisboa, pero cuando se lo comenté a mi mujer, Elvira Lindo, le pareció muy malo. «Desastroso», me dijo.

Así que decidí cambiarlo y en la Biblia encontré el salmo: «Mis días son como la sombra que se va y yo como la hierba que se ha secado».

Supe que ese era el título pues siempre he pensado que los títulos son parte esencial de lo que se narra y deben estar muy conectados al corazón de la historia que relatan.

¿Cómo surge la idea de este libro?

Como La Sombra Que Se Va?Uno hace los libros y no sabe lo que está haciendo mientras lo hace. Una parte de la propia novela es el relato de ese proceso tan raro que es la propia escritura. Me gusta mucho todo eso que tiene que ver con lo previo a lo literario que entronca con los procesos del conocimiento. Cómo se forma el conocimiento en el cerebro. Cómo los relatos van cobrando forma de una manera casi inconsciente. Cómo a veces los sueños cobran forma. Hace años, leyendo un libro sobre James Earl Ray descubrí que este hombre había estado en Lisboa 10 días. Eso me produjo una emoción particular que no sabía explicar pero qué en aquel momento era tan poderosa… Lisboa tiene una conexión muy importante con mi trabajo como escritor y con mi vida personal.

Novela de estructura compleja…

A veces, el lector piensa que la construcción de una novela es algo parecido a como se hace un edificio. Se hace un plano y después eso se convierte en realidad. Pero una novela es algo muy distinto, muy azarosa. Las novelas siempre están a punto de no existir. Eso es algo que parece baladí, pero que es muy importante.

Las circunstancias que tienen que juntarse para que escribas una novela son muchas. Con el tiempo he comprendido que las novelas no las escribes porque te preocupe mucho un tema. Si te preocupa mucho algo escribes un ensayo o un artículo. Pero escribir una novela es una cosa muy distinta. Es un proceso de invención y de creación muy lleno de azares y de cosas inconscientes.

Lo que uno tiene que hacer, más que poner en práctica un plano, es dejarse llevar un poco a ciegas. Cuando escribes estás completamente solo y tienes que estar completamente solo. Cuanto más aislado estés, mejor. Es un placer enorme estar solo y dejarte llevar por lo que tienes en la pantalla de tu ordenador o en el cuaderno que tienes delante.

Después viene esa otra parte que parece mucho menos romántica pero que es preciso resaltar, en la que se ve que la literatura es un oficio en el que participa más gente. Es ese momento en el que terminas un primer borrador y se lo enseñas a personas cercanas que pueden darte una opinión certera y que te ayudan a mejorar tu obra.

Y la asistencia profesional de los editores, que no sólo te dicen cuando se publicará, etc. sino que te animan a desarrollar más tal o cual parte, o a perfilar un personaje, o…

El trabajo de todas esas personas hace mucho mejor el texto que has escrito. Hay una idea entre perezosa y romántica de lo que llamamos creación. Pero en realidad hablamos de trabajo. Del trabajo de gente que sabe hacer su oficio. Gente que te aconseja y hace que tus libros mejoren.

Afirma que escribir es una tarea de frontera. ¿En qué sentido?

Hay una frontera siempre entre lo que se ha visto y lo que no se ha visto todavía. La frontera que establece el hecho de que acabas de escribir un día y no sabes exactamente por donde va a continuar la escritura al día siguiente. Es la frontera de la incertidumbre.

La frontera en la que te sientas a trabajar y encuentras algo con lo que no contabas. Este libro, por su propia naturaleza, se ha hecho en buena parte en ese espacio fronterizo. La conexión entre el viaje a Lisboa de James Earl Ray y mi propio viaje para escribir El invierno en Lisboa.

Y la conexión entre el trabajo literario y la vida cotidiana.

Tres discursos narrativos que se cruzan…

Así es. Quería escribir sobre cómo inventé El invierno en Lisboa porque me parecía interesante hablar de los procesos de la creación literaria. Pero cuando me senté a escribir caí en la cuenta de que la escritura de aquella novela se interrumpió por el nacimiento de un hijo mío.

Cuando se habla de literatura parece que transcurre en una especie de nave interplanetaria. Pero la realidad es que estás en el mismo mundo en el que están los demás. Un mundo en el que nacen niños y hay conflictos interpersonales, un mundo en el que las personas tienen que trabajar.

Las novelas no se escriben sobre las preocupaciones que uno tiene; es algo mucho más primitivo.

Tenía que decidir si seguía por ahí o abandonaba y elegí seguir.

En relación con Como la sombra que se va también tuve que elegir, pues durante mucho tiempo, y especialmente en los momentos de desánimo, tuve la tentación de escribir únicamente sobre la historia del asesino de Luther King, pero después comprendí que era mejor el camino de conexión entre varias historias; entre varios viajes, el de Ray y el mío.

El último capítulo del libro no estaba previsto. Una tarde estaba en Lisboa y al terminar de escribir salí a dar un paseo. Estaba muy metido en lo que estaba escribiendo y comprendí que ese paseo también tenía que formar parte de la novela y lo integré a la historia. Esos saltos entre lo imaginario y lo cotidiano también forman parte de la novela.

En ese sentido, ¿cuánto de ficción y de verdad hay en estas historias?

Lo que convierte estas historias en una novela son varias cosas. Una de ellas es la composición. En el momento en que juntas esos materiales estás creando algo que no existe en la realidad. Estás creando conclusiones artificiales a las que llamamos novela. Afortunadamente, la palabra novela es muy laxa.

Ha servido a lo largo del tiempo para designar cosas muy distintas. Las cosas no necesitan ser inventadas para ser ficción. Como he dicho en alguna ocasión, la imaginación es muy limitada, no se alimenta de lo inventado sino de lo sucedido.

Pondré un ejemplo: hay un momento en el libro en el que Ray encuentra en un quiosco un ejemplar de la revista Life en el que en la portada sale una foto de cuando él era niño. Eso no es ficción. Esa revista existe y sabemos que él la vio y se enfadó mucho.

Pero en el momento en que yo cuento que Ray va por la plaza del Rossio de Lisboa y ve la revista estoy novelando, porque yo no sé como vio Ray la revista y todo me hace pensar, aunque no tengo la certeza absoluta, de que eso sucedió en Lisboa. O el capitulo en el que el que se habla del estado de ánimo de Luther King.

Ahí toda la información procede de la realidad pues está documentada. Desde lo que había comido ese día o el nombre de la amante con la que había estado la noche anterior, la marca de la espuma de afeitar que utilizaba o lo que tenía en ese momento en los bolsillos.

  Incluso se sabe la canción que le pidió al músico cuando iba a salir hacia la cena… Ahora bien, yo invento un discurso de su conciencia, un retrato de su conciencia que, naturalmente, me lo he figurado. Si yo hubiera hecho un libro de no ficción, un reportaje por ejemplo, no hubiera tenido la libertad de meterme en la conciencia de Martin Luther King, sino que me hubiera tenido que ceñir a los datos que conocemos. Ese es el juego.

¿La documentación como algo esencial?

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Es evidente que disponer de una gran documentación que, por otra parte, cualquiera puede consultar, me ha sido de enorme utilidad y me ha hecho concebir el libro de un modo distinto. Pero uno se lleva sorpresas.

Por ejemplo, sabía que Ray había estado en Lisboa con una prostituta joven y me imaginé a esa mujer en una escena con él. La imaginación es, en realidad, muy pobre y me la imaginé escotada y con el pelo teñido.

Pero a través de una amiga que me ayudó a recabar documentación descubrí en el periódico Sol un reportaje del año 2006 sobre esa mujer con un montón de fotos y cuando estuvo con Ray esa mujer no se parecía en nada al estereotipo que yo me había inventado.

Para empezar no parecía una prostituta. Era una chica bastante atractiva y sencilla. Una vez más llegué a la conclusión de que a la imaginación, si la dejas sola, sólo inventa estereotipos muy manidos.

La transparencia y la accesibilidad de la documentación es clave. Leía ayer una cosa muy fea que había escrito alguien. Una de esas cosas que se escriben en España basadas en la mala fe y en la calumnia.

Y pensaba que eso que decía ese canalla sería muy fácil comprobar que no es verdad, pero para eso es fundamental la transparencia absoluta de todo acto público y de todos los documentos públicos. Me enamora esa transparencia. Ese deseo de transparencia. Es una conquista que, aunque tardíamente, estamos logrando en España.

Hasta ahora, por una parte, los que mandan han sido muy opacos y han ocultado todo lo que han podido, pero es que tampoco la sociedad les ha exigido transparencia.

Como la sombra que se va. Estamos ante un asesinato racista. Han pasado años pero, ¿sigue siendo racista la sociedad norteamericana? ¿Tiene cura el racismo?

Hay una cosa específica de la posición de los negros en la sociedad americana que es distinta a la posición de los hispanos o los chinos. El sello de la esclavitud es una cosa tan atroz que es muy difícil que se elimine. Es evidente que se han producido enormes progresos en torno a esta cuestión. Las cosas no son iguales hoy que entonces, cuando el líder negro fue asesinado.

En Estados Unidos hay hoy un presidente de color y una clase media cultivada, etc. los avances han sido inmensos. Ahora bien, hace apenas unos días se publicaban los porcentajes de población negra que hay en Estados Unidos, que ronda el 13%, y los de las personas de esa raza que hay en las cárceles, que superan el 50% de la población carcelaria.

Más de la mitad de los negros en las cárceles estadounidenses son negros. En los barrios negros pobres uno de cada tres varones ha tenido algún tipo de relación con el sistema penitenciario. Creo que, aparte del racismo, la pobreza es determinante.

Una de las formas a través de las que los negros ascendieron socialmente, aparte de los derechos civiles, fue el hecho de que hubiera en el país muchos puestos de trabajo de obreros en las fábricas a los que ellos tenían acceso.

Hoy ese tipo de industria prácticamente ha desaparecido y quien más ha sufrido la desaparición de esos puestos de trabajo dignos, de larga duración, con contratos fijos y con pensión de jubilación, han sido los negros. Eso ha contribuido al crecimiento tremendo de la desigualdad social en Estados Unidos, que es mucho peor ahora de lo que era hace veinte o treinta años.

A ello hay que añadirle el carácter punitivo y clasista del sistema judicial y del sistema penitenciario, que es vengativo. La población carcelaria en Estados Unidos es mucho mayor que la que hay en cualquier otra sociedad occidental. Todo esto se junta y hace que la desigualdad aumente y la desigualdad y la pobreza son caldo de cultivo para el racismo.

¿Era el racismo el único móvil de James Earl Ray?

Mientras investigaba sobre este personaje pude ver su maleta. Al ver su cepillo de pelo de plástico de bajísima calidad y otras cosas que contenía te das cuenta de una manera táctil de la miseria de esa vida. La colcha sintética en la que envolvía el rifle o la radio cutre que tenía. Comprobé entonces físicamente la profunda miseria material de esa vida.

Había vivido en una especie de chabola rodeado de hermanos cubiertos de piojos y con un padre y una madre violentos y alcohólicos que arrancaban las tablas del suelo para calentar la casa. ¿Qué pasa cuando te meten en la cárcel con 18 años?. Y, por otra parte, está el espanto del odio de los pobres hacia otros pobres.

Los blancos pobres en lugar de sentir hostilidad hacia los dueños del mundo, la sienten hacia otros que son un poco más pobres que ellos, como son los negros pobres. Cuando Ray fue a Alemania destinado como soldado vio como las mujeres alemanas convivían y se casaban con soldados negros. Eso le ofendía.

En el barco que volvía a Estados Unidos tras la guerra hubo un motín porque los soldados casados tenían derecho a ir en cubierta de primera clase y los que no estaban casados iban en las bodegas. Muchos de los casados eran negros que se habían casado con blancas alemanas y eso para los blancos solteros era una ofensa.

Ese rencor destructivo que no sirve de nada estaba en Ray, como lo estaba una astucia mal entendida a la hora de mentir y de enredar que es a lo se dedicó los últimos treinta años de su vida. Al final de su existencia se dedicó a vender los carteles de «Se busca» firmados por él mismo.

Es curioso que cuando llevaba veinte años en prisión se casase con una dibujante de los tribunales o cuando en Canadá engaña y tuvo una aventura prolongada con una mujer cultivada que no tenía absolutamente nada que ver con él. Es un personaje lleno de datos contradictorios que no concuerdan.

Con los datos de los que hoy se dispone y con la información que ha recabado para escribir Como la sombra que se va, ¿comparte la idea que algunos sostienen sobre el carácter difícil, incluso violento, de Martin Luther King?

Hay una carta que se hizo pública hace unos días que habla del carácter violento de Luther King. Conviene matizar pues hay que considerar que Hoover, el director del FBI, era muy violentamente racista.

Además, Hoover estaba convencido de que había una conspiración comunista continuada y que Luther King era comunista, aunque nunca lo hubiera declarado. King tenía un asesor judío que en los años 30 había tenido alguna relación con el  partido comunista. Pero eso era todo.

Luther King nunca fue comunista aunque algunos se empeñasen y lo persiguiesen, como lo hizo Robert Kennedy, que fue un claro enemigo del Movimiento de los Derechos Civiles.

Esa carta iba acompañada de una cinta magnetofónica que, anónimamente, alguien envió a la mujer de Luther King en la que se oían jadeos que supuestamente eran de su marido acostándose con otra mujer. El FBI mandaba anónimos de ese tipo continuamente.

También es cierto que cuando se produjo el atentado y el asesinato, el FBI cambió de actitud, por mandato del presidente Lindon B. Johnson, e hizo un gran esfuerzo para encontrar a Ray, aunque quien acabó por localizarlo fue la Policía Montada del Canadá. Por lo tanto, lo que se ha dicho, cuando no es directamente una infamia, hay que matizarlo.

¿Y respecto al Movimiento por los Derechos Civiles?

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Desde siempre me ha interesado mucho ese momento de la historia americana en general, y el Movimiento por los Derechos Civiles, en particular, porque tienen que ver con mis propias convicciones políticas.

Un Movimiento que aquí no se conoce bien y que, en muchos sentidos, es ejemplar, heroico, ambicioso y práctico.

Se marcaba objetivos que eran factibles y buscaba alcanzarlos mediante la no violencia, cosa que en el sur de Estados Unidos tiene su mérito, y el sometimiento creativo a la ley.

Es decir, obedecer las leyes, aunque fuesen injustas, de manera creativa, buscando resquicios que permitiesen eludirlas y cambiarlas. Lograron, además, algo novedoso, como era que un movimiento religioso, la iglesia baptista, se implicase en una liberación civil y alcanzar una gran alianza con la comunidad judía.

Por último, tengo que preguntar sobre la importancia del cine y la música en la escritura de Muñoz Molina y de su generación…

No creo que sea una cosa generacional. Lo visual siempre es muy poderoso. Acaso lo que ocurrió en mi generación es que de golpe a muchos de nosotros nos llegó todo el cine que había sido inaccesible hasta entonces.

Uno de los grandes momentos de felicidad de mi vida fue cuando en Granada empezaron a llegar todas las películas que no habíamos podido ver. Películas como La naranja mecánica, El imperio de los sentidos, El conformista o El último tanto en París. El gran cine italiano, francés o americano y verlo en versiones originales.

Y lo mismo pasó con la música, que fue un gran acicate para nuestro deseo de libertad y nuestro sentimiento antifranquista.

Como La Sombra Que Se Va?Como la sombra que se va

Antonio Muñoz Molina
Seix Barral
531 p

21,90 euros / Ebook 10,99 euros

Como la sombra que se va

Antonio Muñoz Molina. Foto: Hugo Ortuño

Seix Barral. Barcelona, 2014. 536 páginas, 21,90 euros

¿En qué consiste la ambición de un novelista? Enfocar un gran tema desde los mecanismos del estilo propio: por ahí va la vocación del maduro Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), y no tanto por el camino de una renovación de su propia naturaleza narrativa.

Cada vez más Muñoz Molina, en Como la sombra que se va el autor se adentra en territorio norteamericano, y no en cualquiera: pocos asuntos más nuclearmente estadounidenses que el asesinato de Martin Luther King, pieza clave de un período esencial para la historia de ese país y de su literatura, con JFK al fondo, con Hoover y el FBI y la conspiranoia y el desencanto resonando sutilmente en el relato.

Muñoz Molina apunta muy acertadamente en una nota final que la figura de King (y el gran movimiento social que representó) despierta en España más simpatía que verdadero interés o conocimiento; es cierto, y eso tal vez le da un valor cívico al libro.

Es igualmente cierto que su novela llega tocada por el don de la oportunidad, mientras se reactiva en Estados Unidos la cuestión racial.

Pero todo esto es agenda social, contingencias ajenas a lo literario: lo consistente de la propuesta estriba en mirarse al espejo de la gran narrativa contemporánea, y en hacerlo desde la revisión (insisto: no tanto renovación o reorientación) de la propia narrativa.

Por eso, y por el innegable rigor de su autor, Como la sombra que se va puede apasionarme a tramos y languidecer en otros, pero en conjunto merece mucho respeto y creo que es honesta.

Lisboa es el paisaje central de una novela con otras muchas atmósferas, de Granada a Memphis, todas logradas.

El libro nos cuenta lo siguiente: a finales de los años sesenta, el asesino de King, James Earl Ray, se ocultó en las calles lisboetas de una cacería internacional; a mediados de los ochenta, un joven y hoy desvanecido Antonio Muñoz Molina visitó también la ciudad, buscando inspiración para la novela que lo convertiría en un consagrado; en el siglo XXI, el prestigioso novelista Antonio Muñoz Molina vuelve a Lisboa, buscando una historia y también ‘su' historia. Estos tres tiempos se desarrollan en estas páginas hasta alcanzar una fugaz confusión, permitiéndole al autor varias cosas: por ejemplo, volver a planificar sus largos y obsesivos escrutinios de algunos hombres solos (he recordado a menudo Plenilunio), largos capítulos en los que Earl Ray o el joven Muñoz Molina deambulan por calles y plazas casi como en un plano secuencia. O reconcentrarse en un minucioso interrogatorio sobre la naturaleza de su oficio, sobre el carácter obsesivo de la escritura y su batalla perdida contra el tiempo. Algo ocurre, y el tiempo empieza a correr: un disparo, el cruce de una mirada en un acto de homenaje a Onetti. ¿Cómo reproducir ese instante? ¿Tal vez con largas enumeraciones, sistemáticas como un archivo del FBI, de todo aquello que quedó registrado en el papel o en la memoria? A ratos, esta novela parece un thriller; a ratos, literatura confesional. Hay una pregunta pertinente: ¿en qué consiste este contrapunto entre un asesino en fuga y un escritor atrapado en un piso de protección oficial y una vida burocrática? La respuesta es ambigua, pero guarda relación con la ficción como correspondencia, y con el amor como presencia o ausencia. Aunque no son los pasajes amorosos los más logrados de este libro.

La construcción de Como la sombra que se va es sólida y artesanalmente irreprochable. En el ritmo, no hay sorpresas aunque puede haber debate: he ahí, de nuevo, cierta morosidad acumulativa que reconocemos como propia de Muñoz Molina, y que no sé si logra ser tan densa y significativa como la de sus maestros.

Eso sí: hacia el final, cuando es convocado en primer plano el propio Martin Luther King, el autor echa el resto en unas páginas que recrean con indudable tensión el profetismo precario del personaje.

En fin, Como la sombra que se va constituye una mejoría respecto del vigoréxico La noche de los tiempos, y es un buen libro.

Crónica y expiación

El 4 de abril de 1968, cinco años más tarde del magnicidio de Dallas, el líder negro Martin Luther King cae abatido de un único disparo en la parte inferior de la cara. Su asesino se llamaba James Earl Ray. Un hombre del sur americano, blanco y ferozmente racista. Su huida le exige cambiar de identidad y de país.

Aparece, como de la nada, a los pocos días de su cronometrado crimen en Lisboa. Solo estará unos días, hasta que sea atrapado en el aeropuerto de Londres.

En 1987, un joven funcionario del Ayuntamiento de Granada hace un viaje relámpago a la capital portuguesa para terminar la novela que tiene entre manos, la novela que escribe en los ratos libres que le dejan su obligación laboral y familiar (mujer y dos hijos pequeños). La novela se titulará El invierno en Lisboa.

Su autor se llama Antonio Muñoz Molina. Este son los dos soportes argumentales sobre los que se erige Como la sombra que se va, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina.

La novela es un ejercicio múltiple de ficción: implacable autointrospección, exposición de la teoría sobre la novela que defiende Muñoz Molina, una especie de making of de El invierno en Lisboa, una historia de amor y otra de desamor sin explicitar, un acto de expiación respecto a las víctimas colaterales que la empecinada vocación deja por el camino, una crónica casi policiaca sobre uno de los tres asesinatos más determinantes que se cometieron en Estados Unidos durante la década de los sesenta. Para que todos estos niveles queden soldados de manera que el lector no tenga nunca la sensación de desequilibrio, ni de falta de unidad, el autor de Úbeda otorga las propiedades ventrílocuas con que suele dotar a sus voces narradoras. La voz que se narra a sí mismo, esa primera persona que designa al autor de El invierno en Lisboa como si fueran dos seres distintos, el del presente y el del pasado, pero arrastrando un mismo posible espejismo y un mismo sufrimiento vital, por momentos parece transformarse también en la conciencia oscura del asesino de Luther King. Como si nuestro autor volviera a las atmósferas asfixiantes y a aquella clínica descripción del mal que experimentó con deslumbrante eficacia en Plenilunio.

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Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor

La novela que leemos se pudo gestar entre el 2 de diciembre de 2012 y los primeros días de febrero de 2014 en un Nueva York nevado. El autor de El invierno en Lisboa vuelve a Lisboa a visitar a su hijo, el mismo que en 1987 tenía un mes de vida.

Ahora es cuando recuerda la historia que leyó sobre James Earl Ray.

Es el comienzo de la novela que leemos, y el comienzo del recuerdo doloroso del pasado privado y la recuperación casi arqueológica de la novela que lo salva, para su propia sorpresa, de la grisura provinciana en que transcurría su vida.

Voy a comentar algunas cuestiones que tienen que ver con la novela (que leemos) y con el género según lo entiende Muñoz Molina.

La historia del asesino de Luther King, un tipo que disfruta leyendo novelas de James Bond y enciclopedias obsoletas, adquiere su sentido cabal si no se olvida la historia de las últimas horas de vida, que también se cuenta, de la víctima. Juntas, conforman la cara desoladora de la historia americana.

Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor, pero con igual afán indagatorio sobre algunos grandes misterios humanos (y políticos).

Para esta historia Muñoz Molina se vale de una ingente documentación, de la misma manera que Mailer usó el Informe Warren para construir su visión de Oswald. La ruina moral, la sordidez y la desdichada personalidad que dibujó nuestro autor en el psicópata de Plenilunio, la reencontramos casi intacta en el dibujo del asesino del líder negro.

Me interesan ahora, sobremanera, dos ideas en la novela: la del punto de vista en las novelas y la del porvenir de las historias que se cuentan, lo que ocurre con las vidas después del final de esos relatos que leemos. Primera idea: Muñoz Molina tardó siete años para encontrar la voz narradora de Beatus Ille (1986), su primera novela.

Por ello no extraña que ahora haga mención de El gran Gatsby, uno de los grandes paradigmas del punto de vista. Dice Muñoz Molina: Gatsby era un héroe porque alguien como Nick Carraway lo miraba. Segunda idea: los relatos tienen un final, una exigencia cartesiana de orden.

Una mujer o un hombre son un relato mientras los tenemos enfrente; en cuanto se alejan de nuestra existencia, esos relatos han finalizado, como si hubieran muerto para nosotros, pero sus vidas continúan y las nuestras también.

Por ello tampoco extraña que cite al personaje más olvidado de la historia de la narrativa universal, Berta Bovary, la hija de los protagonistas que termina en la novela como obrera.

En Como la sombra que se va vuelve la rigurosa transparencia narrativa de su autor. Y el fraseo medido de la escritura para indagar entre las brumas. A la memoria, atrapada siempre luminosamente entre la verdad y la ficción, se le suma ahora la urgencia de una reparación crucial que no llega tarde. Algunos misterios de la vida se suman a ese misterio que es toda narración.

Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2014. 536 páginas. 21,90 euros (digital: 10,99)

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina

Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta.

Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria.

Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

Como la sombra que se va está narrada en tercera y primera persona.

Combina a un autor omnisciente que ha investigado profusamente y comparte con nosotros lo que sabe –pasado por el rico tamiz recreador de su imaginación- y al hombre que se revisa confrontándose consigo mismo y exponiéndose para conocerse a través de su propia proyección.

Como telón de fondo, y desempeñando un silencioso papel protagonista, de simbiosis con aquellos que acuden a ella, una Lisboa discreta que se ajusta como anillo al dedo al momento vital de sus visitantes.

Poniendo de relieve con el eco de su silencio quiénes son y haciendo más patente lo que les falta para estar en paz consigo mismo. En el caso de James poner tierra de por medio para librarse de la amenaza de ser un prófugo de la justicia americana, en el de Antonio liberarse del compromiso laboral y matrimonial que había asumido como coordenadas de vida.

La Lisboa de mayo de 1968, capital de un imperio caduco, una esquina abandonada de un mundo tan en agitación como en proceso de modernización, pone de relieve la incapacidad para escapar de sí mismo en que ha vivido siempre Earl Gray. Marcado desde su nacimiento por el vandalismo de unos padres alcohólicos y un sistema social, educativo, judicial y penitenciario en el que se castiga, condena y encierra al que no cumple con sus exigencias.

A la que llega en enero de 1987 el que allí terminara de concebir El invierno en Lisboa es un lugar sumido en sí mismo, en la saudade de su aire atlántico, en esa tierra de nadie entre lo fluvial y lo oceánico, lo terrenal y la infinitud del horizonte. Una ciudad discreta pero, tal y como relatan sus palabras, profundamente inspiradora por la modestia, naturalidad y sencillez con que muestra quién y cómo es, sin ocultar sus sombras, sus imperfecciones, sus límites o sus faltas.

La mirada que Muñoz Molina realiza desde 2014 a aquellos lugares en los que se hospedaron uno y otro, de los bares, clubs y demás que visitaron y de las calles y plazas por las que transitaron, así como de la narración de los cortos diálogos y encuentros que tuvieron con la población local, denota en ambos casos un anhelo de inflexión vital. Una búsqueda casi existencial en la que el autor de Ardor guerrero y Plenilunio se sumerge exponiendo sobre el tablero de juego las coordenadas personales en que cada uno de ellos se sentía y las del mundo en que se movían, tanto en sus respectivos momentos presentes como en los tiempos futuros que vinieron después.

Sin ánimo de buscar justificaciones ni de simbolismos llenos de épica, con el verismo que dan los datos documentados y las vivencias propias, Muñoz Molina simultanea con excelente equilibrio ambas historias.

Relatando tanto la personalidad y las andanzas del hombre que el 4 de abril de 1968 acabó en Memphis con un disparo con la vida de Martin Luther King, como su devenir de hombre insatisfecho a felizmente emparejado.

De funcionario en Granada a escritor profesional, así como su apasionante relación con los muchos aspectos de esta actividad, la inspiración, el proceso creativo, la búsqueda de información y de referentes, la relación con otros autores…

Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina, 2014, Seix Barral.

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